Entre los Modales y los Hechos
Dos de los principales rasgos de la inteligencia consisten en saber distinguir lo fundamental de lo accesorio y en no confundir la naturaleza de los problemas. Si se incurre en mezclas o equívocos, no se entiende nada; y precisamente, por definición, la inteligencia es la capacidad de entender o comprender.
Confundir lo personal privado con lo público.
Para que se comprenda mejor, veamos un viejo relato:
Se le pregunta a un ciudadano común, a cuàl de los tres candidatos propuestos preferiría para que gobernara su paìs.
El primero es un político muy inteligente y brillante, de gran experiencia, no siempre exitosa; además es habitual que todos los días consuma una botella de buen whisky y que esté aplastado por deudas.
El segundo es un abogado muy inteligente, pero chicanero, que toma de 8 a 10 Martini por día.
El tercero, un político austero, que no fuma ni bebe alcohol, con gran pasión por sus ideas y sentimientos, que está dedicado por entero a su trabajo.
Con estos datos es normal que la preferencia del interrogatorio vaya hacia el tercer candidato. El problema es que si les ponemos nombre y apellido a cada uno, el primero sería Churchill, el segundo Roosvelt y el tercero Hitler.
Esto es lo que puede ocurrir cuando se equivoca la naturaleza del problema. El hecho de que se trate de una buena o mala persona, más o menos simpática o antipática, austera o viciosa, no dice nada acerca de sus creencias políticas, económicas y sociales, ni de su capacidad para gobernar, ni de su programa de gobierno, ni especifica qué intereses defiende.
Eso es lo que debió preguntar el ciudadano común cuando se le planteó el trilema. No se trata de premiar la simpatía, de castigar inmoralidades o distribuir amabilidades, sino de gobernar un pais. Es lo que Maquiavelo llamaba “virtú”.
Este razonamiento que parece elemental, se respeta muy pocas veces. Los juicios críticos se refieren a modalidades de carácter (se prefiere al complaciente frente al enérgico), o a desgracias sufridas (que valorizan al candidato), o al que “hace la plancha” en lugar de actuar (con lo que afectaría intereses). Por dar solo dos ejemplos históricos, a Yrigoyen le achacaban el aislamiento en su vida personal (el peludo, que vivía solitario en su cueva) y su prosa intrincada, pero ignoraban que había logrado implantar el voto verdadero y obligatorio, y había incorporado a la política a la clase media.
A Eva Perón le enrostraban con furia su pasado de actriz y su elegancia en el vestir, pero omitían su acción para producir un cambio igualitario en la sociedad argentina y para otorgarle el voto a la mujer.
Es decir, privilegiaban características poco relevantes de su vida privada, por sobre hechos esenciales de la actuación pública. Tal vez porque es lo único que perciben algunos círculos sociales medios (¡mediocres!).
En el orden político, cuando se evalúa la capacidad para gobernar, debe averiguarse qué piensa y qué ha hecho – o piensa hacer – cada uno en ese ámbito, y comparar sus historias y sus propuestas políticas con sus ideas y aspiraciones personales o del grupo al que pertenece. Ahora mismo, la oposición califica a los gobernantes por sus supuestos rasgos individuales de carácter y no por sus logros de gobierno. Tratan de minimizar los impresionantes progresos producidos entre 2003 y 2008, y cuando los reconocen olvidan que no fueron el resultado de hechos de la naturaleza ni del viento de cola, sino de la política económica aplicada: tipo de cambio competitivo, reindustrialización, redistribución del ingreso, promoción del empleo, reducción de la deuda, independencia del FMI, solvencia del Estado, superávit del comercio exterior, políticas de educación y salud, integración latinoamericana. Peor aún, en este enfoque personalizado omiten decir que muchos de los ahora opositores, aplicaron con entusiasmo las políticas neoliberales y fueron responsables de la crisis que explotó en el 2001.
Confundir desatinos con política
El relato anterior plantea el drama del ciudadano común, que por una falsa evaluación confunde lo personal privado con lo público y así, sin saberlo, es probable que opte por Hitler en el trilema planteado.
Pero el tema va mas allá cuando se pasa al ámbito nacional y al tiempo histórico. En este caso se privilegia la despolitización. Para la oposición, los problemas son técnicos y deben resolverse en ese ámbito. Este planteo es coherente con el anterior, que minimiza y banaliza cuestiones, atribuyéndolas a los vicios o virtudes de personas privadas.. En el plano público intentan contrapesar la creciente politización de la sociedad argentina que comenzó después de la crisis 2001-2002. La oposición sólo enuncia dos ideas generales (cambio y seguridad), sin la menor especificación de qué significa cada una y cómo se lograrán, su único programa político consiste en oponerse a todo lo que haga el Gobierno, y en lo económico, sólo se les ocurre volver a las andadas con el FMI, como medio de reflotar la política de endeudamiento. Lamentable.
Por su parte, el Gobierno propone la continuidad y profundización de la política de desarrollo con inclusión social, que está en ejecución desde 2003 y que establece los ejes del sistema económico deseado. Estas pautas deben ser coherentes, compatibles y sustentarse en el poder político (validado en las urnas). Cuatro de ellas son: la unidad nacional, el crecimiento económico con una vigorosa reindustrialización, la inclusión social (con base en el empleo) y una importante mejora< en la distribución del ingreso. Pero no se trata de una superposición de objetivos independientes, sino de la manifestación en distintos ámbitos de la misma estrategia. Son políticas complementarias y convergentes.
En síntesis, estamos ante disyuntivas claras, que configuran dos tipos de país opuestos. Por ejemplo, integración sudamericana o relaciones carnales, distribución del ingreso a favor o en contra de los asalariados, jubilación pública o negocio privado, aumento o disminución del poder de compra de la población, gasto público o restricción fiscal, tipo de cambio que favorezca a la producción o a la importación, precio de los alimentos determinado por los costos locales o por el mercado internacional; soberanía nacional o subordinación al FMI. Frente a estas y otras alternativas, parece absurdo optar por un modelo económico y social sobre la base de la simpatía o antipatía personal que susciten sus sostenedores. Ojalá se supere la política-espectáculo
Fuente: Miradas al Sur

